Reflexionar
sobre la configuración de la tarea docente en nuestro país nos lleva a pensar
en la más básica diferencia entre el maestro de escuela primaria y el profesor
de escuela secundaria, la cual yace en el mismísimo rol que compete a cada uno.
Para expresarlo en pocas palabras, el objetivo de los primeros era la formación
de ciudadanos disciplinados y con una moral respetable que identificara a la
sociedad toda, mientras que la finalidad del segundo se centraba en la
formación de las élites dirigentes que en el futuro llevarían adelante al país.
A partir de esta diferenciación, también se vislumbra una relación dispar entre
los docentes y el conocimiento: mientras que para los primeros era suficiente
con conocer lo necesario sobre la disciplina a enseñar, los segundos eran
dueños de una relación más profunda con el saber, es decir, no bastaba con
conocer lo que iba a enseñar, sino que debía conocer aún más y, además, saber cómo enseñarlo.
Si bien al
comienzo la educación estuvo en manos de la Iglesia, esto fue cambiando con el
tiempo y en particular con la Ley 1420 que, entre otras cosas, estipulaba la
laicidad de la escuela, ya que ésta educa mientras que la iglesia evangeliza.
Sin embargo, resabios de aquellos tiempos quedaron en la concepción del
docente, que pasó a ser visto como un apóstol, con atribuciones y
características como las del sacerdote, mientras que la escuela se consideró un
“templo del saber”. Así, se le exigió (y aún se le exige) al maestro no sólo
una entrega absoluta a su tarea de enseñar sino también una vocación y un
espíritu servicial que no se le hubiera podido exigir a ninguna otra persona en
ninguna otra profesión.
Por otro
lado, los profesores eran originalmente personas estrechamente ligadas al
proyecto de conformación del país y pertenecientes a la oligarquía, cuya
preocupación, como ya ha sido mencionado, estaba en moldear a las generaciones
de futuros dirigentes políticos. Asimismo, como menciona Buchbinder, el debate
que se dio en este grupo rondaba el interrogante de quién debía formar a estos
profesores: ¿la universidad o el Instituto del Profesorado?
En cuanto a
la historia del Instituto Superior del Profesorado Joaquín Víctor González, es
posible destacar, luego de una lectura del Diseño Curricular de la carrera
Profesorado en Inglés (Nivel Medio y Superior)[1],
del año 2004, que los orígenes de esta institución de formación docente estuvieron
ligados a las necesidades sociales que se presentaban en ese momento de la
historia. A comienzos del siglo XX (recordemos que el ISP JVG se funda en 1904,
aunque no con ese nombre), la mayoría de los puestos docentes estaban a cargo
de profesionales universitarios o personas que no poseían título, pero se
esperaba que la formación docente estuviera en manos de una institución
específicamente creada para esa función. Lo que es más, en el decreto
fundacional del Instituto, se resalta lo que se mencionaba antes de que el
docente debe saber no sólo aquello que debe enseñar sino cómo hacerlo; como también el hecho de que el derecho a
enseñar, establecido en nuestra Constitución Nacional, debe estar supeditado a
aquellos que estén habilitados para hacerlo tras haberse formado para ese fin;
y entre otras cosas, que la creación del Instituto es de vital importancia para
el progreso de la educación pública del país.